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XIV A Sabrina Deitel
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XV Ese patio con el paisaje torpemente pintado suda sopa de lentejas. Que asco la tortuga en el cantero asomando su cabeza de medusa. El esquelético árbol de estrellas federales que al cortarlas manan semen por el cabo. El vapor del incienso flota de la capilla a mi nariz. Veo a las monjas cruzando los pasillos. Arrastran sus cuerpos envueltos en trapos negros. Esconden la cera hirviente de su carne. Soy yo la del rincón. Con el jumper azul tableado a media pierna. La blusa de cuello redondo. La chica de las trenzas. Purgando mi arrogancia presa de los castigos. Detrás de mis maldades ingenuas se gestan sueños. Mosca molesta que encerrada golpéa la aparente fragilidad del vidrio. -¡Fue Mátar. La salvaje¡-. Así me definía Sor Trinidad portera. -¡Salvaje¡- Repetía la hermana celadora a falta de agravios propios. Soy el Arcángel Gabriel con alas de cartón en los días festivos. Un dudoso San Juan en el cuadro vivo de la última cena. Sin aura de oro ni santidad recito los pasajes de la Biblia. Soy el heraldo del mal y la pastora. Mártir. Aurora boreal. Una gitana. La misma. Otras. Innumerables otras. Trepada en la tarima, lectora de los textos sagrados en el almuerzo. Desafino en el órgano Aves Marías en las misas solemnes. Fabuladora. Inquieta. Creadora de juegos, todos pecaminosos. Hereje masticando libros prohibidos. Escribiendo poemas en los zócalos. Negándome a bordar punto vainilla. Monstruo de ojos rasgados. Criatura de boca licenciosa. Pómulos altos y cabello fino. Heredera genética de húsares. La que no baja nunca la mirada. La que antes de rendirse se suicida. Esa que fui. Y que está. Soy un volcán que finge una extinción definitiva. Vuelvo desde la egrégora sombría del convento. Que sigo castigada. En el rincón. Dando la espalda a todo. Mordiéndome a sí misma. En ese mismo patio con el paisaje torpemente pintado... |